Carla manejaba Uber en Ciudad de México desde hacía un año. Nunca había tenido problemas.
Una noche aceptó un viaje hacia una colonia poco iluminada. La dirección marcaba una casa específica.
Al llegar, solo había un lote baldío. Pasto alto, basura, una reja oxidada caída.
La aplicación mostró: “El pasajero ya está dentro del vehículo.”
Carla sintió un peso en el asiento trasero. No lo vio. Lo sintió.
El espejo retrovisor vibró levemente.
El viaje comenzó automáticamente.
En la pantalla apareció una nueva dirección, distinta a la original.
Carla no miró atrás. Condujo directo hacia una avenida iluminada.
Cuando el viaje se canceló solo, revisó el asiento.
Había una marca hundida, como si alguien hubiese estado sentado varios minutos.
La cuenta del usuario desapareció de la app al día siguiente.
Carla dejó de conducir en turnos nocturnos.
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