Hay trabajos que la gente evita mencionar en reuniones sociales. El mío era uno de ellos. Durante once años fui empleado de mantenimiento en el Cementerio Municipal de una ciudad mediana del interior del país. Cortaba el pasto, pintaba los cercos, limpiaba las capillas, y en temporadas de mucho trabajo, también ayudaba con las inhumaciones. La gente me miraba raro cuando lo contaba. Algunos cambiaban de tema. Otros, los más curiosos, siempre terminaban haciendo la misma pregunta: ¿y nunca viste nada?
Durante años respondí que no. Que era un trabajo como cualquier otro. Que los muertos no molestan. Que el cementerio de noche es simplemente oscuro y silencioso, nada más. Lo decía con convicción, porque me lo creía. Hasta que dejé de creerlo.
Fue en el invierno del tercer año. Habíamos tenido una semana de lluvias intensas y yo había quedado encargado de revisar los desagües en el sector más antiguo del cementerio, el que llaman el "sector histórico", donde están enterradas familias de principios del siglo XX. Bóvedas enormes, algunas medio derrumbadas, con nombres que nadie recuerda y flores de plástico que dejó de traer alguien hace décadas.
El trabajo me llevó más tiempo del esperado. Cuando quise acordar, eran las 2:50 de la madrugada y yo seguía dentro del predio. El portón principal se cerraba con llave desde adentro, así que no había problema para salir. Pero antes de irme, encendí la linterna para revisar una última canaleta que había quedado tapada.
Fue ahí cuando la vi.
Una mujer. De pie. Entre dos bóvedas. Completamente quieta.
Mi primer pensamiento fue que era alguien que había quedado encerrada también, o peor, alguien con intenciones de vandalismo, que no era algo tan raro en ese sector. Me acerqué despacio. La linterna la iluminó de atrás y vi que tenía el pelo largo, oscuro, y ropa que no parecía de esta época. Una falda larga, oscura. Una blusa clara. Las manos juntas adelante del cuerpo.
La llamé. Nada. La llamé de nuevo, más fuerte. Nada.
Caminé un poco más hacia ella y en un momento la luz le dio de lleno. Y ahí fue cuando entendí que algo no estaba bien. No "mal" en el sentido de peligroso. Mal en el sentido de imposible. Porque la figura no proyectaba sombra. La linterna la iluminaba directamente y el suelo mojado detrás de ella estaba limpio. Sin sombra. Como si la luz la atravesara.
Me quedé congelado. No recuerdo cuánto tiempo. Tal vez treinta segundos, tal vez tres minutos. Cuando volví a mirar, no había nada. Solo las dos bóvedas y el pasto mojado.
Salí caminando rápido, sin correr, porque por alguna razón irracional sentía que correr era peor. Y no le dije nada a nadie durante semanas.
Pero eso no fue todo. Lo que pasó después fue lo que me terminó de convencer de que algo en ese sector no estaba bien.
Dos meses después, un compañero que entró a hacer guardia nocturna por un tema de seguridad que habían implementado ese año me contó, sin saber nada de lo mío, que había visto a una mujer parada entre las bóvedas del sector histórico a las tres de la mañana. Misma descripción. Pelo largo. Ropa antigua. Sin moverse. Sin responder cuando la llamó.
Le pregunté si había proyectado sombra. Me miró como si estuviera loco. Después pensó un momento y se puso pálido.
"No", me dijo. "No tenía sombra."
Busqué en los registros del cementerio durante mucho tiempo. Entre las bóvedas del sector donde la vimos hay una tumba que no tiene nombre visible, solo una placa pequeña casi completamente cubierta por el musgo. Un día, después de limpiarla con cuidado, pude leer una fecha de defunción: 1923. Y una sola palabra debajo del nombre, borrada casi por completo por el tiempo, que parecía decir "esperando."
No sé qué esperaba. No sé si sigue esperando. Pero hay algo que aprendí en esos once años: los cementerios de noche no son simplemente oscuros y silenciosos. Son oscuros, silenciosos, y llenos de algo que no tiene nombre pero que a veces, si llegás a las 3 de la madrugada, te mira de vuelta.
Renuncié al trabajo el año pasado. Por razones distintas, me digo. Pero si soy honesto, hay una imagen que nunca se fue: una figura sin sombra, de pie entre dos bóvedas, esperando algo que yo no podía darle.

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