TERROR EN LA WEB


MARAVILLOSA COLECCIÓN DE RELATOS REALES - FOTOGRAFÍAS MIEDO - TERROR - HORROR - SANGRE -

(Advertencia: LEER ACOMPAÑADO)

jueves, 28 de mayo de 2026

El Chofer del Interno 86

 





El Chofer del Interno 86

En Buenos Aires los colectiveros nocturnos tienen códigos propios.

Calles que evitan.

Paradas donde no frenan.

Horarios que nadie quiere cubrir.

Y después está la línea 86.

No la oficial.

La otra.

La que algunos choferes mencionan únicamente cuando están borrachos o demasiado cansados para seguir mintiéndose.

La historia comenzó con Rubén Ferreyra en septiembre de 2017.

Cuarenta y ocho años.

Chofer profesional desde hacía más de dos décadas.

Trabajaba turnos nocturnos cubriendo recorridos entre el conurbano y el centro porteño. Era conocido por no faltar jamás y por soportar horarios que otros rechazaban.

Rubén no creía en historias paranormales.

Decía que las únicas cosas peligrosas de la madrugada eran los ladrones y los borrachos.

Hasta la noche del interno 86.

Todo empezó con un reemplazo de último momento.

Uno de los choferes faltó y le asignaron una unidad vieja que casi nunca se utilizaba. El colectivo tenía problemas eléctricos, olor permanente a humedad y un historial extraño de fallas mecánicas.

Interno número 86.

El mecánico del playón le dijo algo raro antes de entregarle las llaves.

—Si alguien toca timbre después de las tres… fijate bien quién sube.

Rubén se rió.

Error.

La lluvia había vaciado las calles. Apenas llevaba tres pasajeros mientras avanzaba por avenidas semidesiertas del sur de la ciudad.

2:51 AM.

El limpiaparabrisas golpeaba rítmicamente el vidrio.

Tac.

Tac.

Tac.

La radio sonaba con interferencia.

Entonces el timbre sonó.

Una parada vacía.

Rubén frenó automáticamente.

No había nadie.

Miró los espejos.

Nada.

Pensó que era una falla eléctrica.

Cerró puertas.

Continuó.

Dos cuadras después volvió a sonar.

Esta vez vio algo.

Una mujer parada bajo la lluvia.

Vestido oscuro.

Cabello mojado cubriéndole la cara.

Inmóvil.

No hacía señas.

Solo esperaba.

Rubén abrió las puertas delanteras.

La mujer subió lentamente.

Y el chofer sintió frío inmediato.

Un frío anormal.

Como abrir un freezer.

Ella pagó con monedas antiguas.

Muy antiguas.

Rubén las miró confundido.

Parecían oxidadas.

La mujer caminó hacia el fondo y se sentó sola.

Ningún pasajero protestó.

Nadie pareció siquiera mirarla.

El viaje continuó.

Pero algo empezó a sentirse raro dentro del colectivo.

Silencio absoluto.

Demasiado silencio.

Rubén observó por el espejo retrovisor.

La mujer seguía sentada.

Inmóvil.

Con la cabeza baja.

Entonces el timbre volvió a sonar.

Otra parada vacía.

Y otra persona esperando.

Un hombre anciano con traje oscuro empapado.

Subió sin hablar.

Después otro.

Y otro más.

Cada parada vacía agregaba un pasajero.

Todos mojados.

Todos silenciosos.

Todos sentándose al fondo.

Rubén empezó a ponerse nervioso.

Miró nuevamente el espejo.

El colectivo ya estaba casi lleno.

Pero había algo profundamente incorrecto.

Nadie se movía.

Nadie respiraba.

Y todos tenían la cabeza inclinada hacia abajo.

El último pasajero subió exactamente a las 3:13 AM.

Un chico de unos diez años.

Descalzo.

Con sangre seca alrededor de la boca.

Cuando levantó la vista hacia Rubén, el chofer vio que los ojos del niño eran completamente negros.

Entonces sonrió.

Y señaló hacia atrás.

Rubén miró por el espejo.

Todos los pasajeros lo estaban observando ahora.

Al mismo tiempo.

Sin expresión.

La radio explotó en estática.

Las luces interiores comenzaron a parpadear.

Y el colectivo se apagó en medio de la avenida.

El motor murió.

Las puertas dejaron de funcionar.

Rubén intentó arrancar nuevamente.

Nada.

Entonces escuchó voces detrás.

Susurros.

Decenas.

Como personas hablando bajo el agua.

Después una frase clara.

—Nos olvidaron acá…

Rubén giró lentamente.

Y vio algo imposible.

Los pasajeros estaban mojando el piso.

No lluvia.

Agua oscura.

Agua mezclada con barro.

Como si acabaran de salir de un río.

El anciano del traje tenía parte del rostro hundido.

La mujer del vestido mostraba hueso en el cuello.

Y el niño…

El niño tenía el pecho aplastado hacia adentro.

Como víctima de un accidente brutal.

Rubén empezó a golpear desesperadamente la puerta del conductor.

No abría.

Las voces seguían acercándose.

—Llevanos…

—Volvé…

—No nos dejes…

El colectivo tembló violentamente.

Las luces se apagaron por completo.

Y durante unos segundos solo se escucharon respiraciones mojadas detrás suyo.

Luego vino el golpe.

Algo enorme chocó contra el lateral del colectivo.

Las ventanas explotaron.

Rubén gritó.

Y todo quedó oscuro.

La policía lo encontró cuarenta minutos después.

Solo.

Desmayado frente al volante.

El colectivo estaba detenido junto a un viejo puente abandonado cerca del Riachuelo.

No había pasajeros.

Pero el interior estaba inundado con varios centímetros de agua sucia.

Los asientos del fondo estaban cubiertos de barro.

Y había huellas húmedas entrando al colectivo.

Pero ninguna saliendo.

La investigación descubrió algo inquietante.

En 1965 un colectivo de otra línea cayó al Riachuelo durante una tormenta.

Murieron más de veinte personas.

Entre ellas un niño jamás identificado.

Muchos cuerpos fueron recuperados días después.

Otros nunca aparecieron.

El accidente ocurrió exactamente cerca del lugar donde encontraron a Rubén.

El chofer renunció poco tiempo después.

Nunca volvió a manejar de noche.

Pero antes de retirarse contó algo que jamás pudo explicar.

Cuando la policía revisó sus pertenencias encontraron monedas antiguas oxidadas dentro de la máquina de boletos.

Monedas emitidas décadas antes del accidente.

Y completamente cubiertas de barro del río.

Hasta hoy algunos colectiveros dicen que, durante tormentas fuertes, un interno viejo aparece circulando por avenidas vacías después de las tres de la mañana.

Sin número de línea.

Sin luces interiores.

Y lleno de pasajeros observando desde las ventanas mojadas.

Pasajeros que no deberían seguir viajando.


¿Tomarías un colectivo vacío de madrugada bajo la lluvia?

Muchos trabajadores nocturnos aseguran que las ciudades cambian completamente después de cierta hora. Si conocés historias extrañas de rutas, taxis, colectivos o pasajeros inexplicables, compartilas en los comentarios. Algunas líneas… nunca terminaron su recorrido.





No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por favor, dejame un comentario, quiero saber qué te pareció este cuento. Muchas Gracias.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Smiling Jack Skellington Smiling Jack Skellington