TERROR EN LA WEB


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lunes, 18 de mayo de 2026

Los golpes bajo el taller

 







Los Golpes Bajo el Taller

En Rosario, a pocas cuadras del antiguo puerto industrial, existía un taller mecánico llamado “ServiMotor Giannetti”.

Un lugar pequeño.

Dos elevadores hidráulicos.

Paredes manchadas de aceite.

Herramientas colgadas en paneles metálicos.

Y un sótano.

Siempre había un sótano en las historias que terminaban mal.

El dueño era Ernesto Giannetti, un mecánico de 62 años conocido por reparar motores diésel imposibles. Camioneros de todo el país llevaban sus vehículos hasta allí porque el viejo tenía fama de arreglar lo que otros daban por perdido.

Ernesto trabajaba junto a su hijo Mauro y un empleado joven llamado Cristian.

La rutina del taller era normal.

Hasta marzo de 2021.

Todo comenzó con ruidos.

Golpes.

Secos.

Metálicos.

Debajo del piso.

Al principio pensaron que eran caños viejos o vibraciones del elevador hidráulico. El edificio tenía más de setenta años y estaba construido sobre antiguas galerías subterráneas conectadas con depósitos ferroviarios abandonados.

Pero los sonidos empezaron a repetirse todas las noches.

Siempre después de las once.

Tres golpes.

Pausa.

Tres golpes más.

Como si alguien estuviera golpeando desde abajo.

Cristian fue el primero en asustarse.

Una noche, mientras cerraban el local, juró haber escuchado una voz viniendo desde el sótano.

No entendió qué decía.

Solo que parecía una mujer llorando.

Ernesto se burló de él.

—Lo único que hay abajo son repuestos viejos y ratas.

Pero tres días después Ernesto dejó de reírse.

Había bajado solo al sótano para buscar una caja de herramientas antigua. Mauro estaba cerrando el portón principal cuando escuchó el grito.

No un susto.

Un grito de terror absoluto.

Encontró a su padre tirado en la escalera.

Pálido.

Temblando.

Con la respiración completamente descontrolada.

Nunca lo había visto así.

Mauro le preguntó qué pasó.

Ernesto tardó varios minutos en responder.

Cuando finalmente habló dijo algo extraño:

—Había alguien sentado abajo.

Registraron todo el sótano inmediatamente.

No encontraron a nadie.

Pero sí descubrieron algo raro.

Una silla vieja en el centro del depósito.

Y encima de ella… una muñeca.

Pequeña.

Cubierta de tierra húmeda.

Nadie sabía cómo había llegado allí.

Cristian se negó a volver a bajar.

Decía que el sótano olía distinto desde esa noche.

No olor a humedad.

Olor a carne podrida.

Después empezaron los problemas eléctricos.

Las luces titilaban.

Las herramientas neumáticas se activaban solas.

Un compresor arrancó en plena madrugada cuando el taller estaba vacío.

Y siempre, después de las once, volvían los golpes.

Tres.

Pausa.

Tres más.

Mauro instaló cámaras de seguridad.

La primera semana no grabaron nada extraño.

La segunda sí.

A las 2:14 AM la cámara del sótano captó movimiento.

Una figura.

Muy alta.

Demasiado delgada.

Cruzando lentamente detrás de unas estanterías.

No caminaba normal.

Parecía arrastrarse.

Mauro revisó la grabación veinte veces.

La figura medía casi dos metros y medio.

La cabeza rozaba los caños del techo.

Pero lo peor vino segundos después.

La cámara registró claramente una cara asomándose desde la oscuridad.

Sin ojos.

Sin nariz.

Solo una sonrisa enorme.

Y dientes.

Muchísimos dientes.

Cristian renunció al día siguiente.

Dijo que el taller estaba “infectado”.

Nadie entendió a qué se refería.

Hasta que Mauro empezó a escuchar cosas él también.

Pasos debajo del piso.

Susurros.

Y una frase repetida constantemente.

“Seguimos acá.”

El sonido parecía venir desde las paredes.

O desde abajo de la tierra.

Una madrugada Mauro decidió investigar solo.

Error.

Bajó al sótano con una linterna y un fierro.

El lugar estaba helado.

Mucho más frío que el resto del edificio.

La luz apenas iluminaba cajas oxidadas, motores viejos y estanterías cubiertas de polvo.

Entonces escuchó el golpe.

Muy cerca.

Debajo suyo.

Mauro movió unas chapas apoyadas contra una pared y descubrió algo que jamás habían visto.

Una puerta metálica empotrada en el suelo.

Vieja.

Oxidada.

Con candados antiguos.

Y desde abajo venía el sonido.

Golpes.

Lentos.

Como uñas contra metal.

Mauro llamó a Ernesto.

Entre los dos lograron abrir la puerta.

Debajo había una escalera angosta descendiendo hacia oscuridad absoluta.

El olor era insoportable.

Putrefacción.

Agua estancada.

Muerte.

Ernesto quiso cerrar inmediatamente.

Pero entonces escucharon algo.

Una voz.

Muy baja.

—Ayuda…

Era una mujer.

O al menos sonaba como una.

Bajaron.

Cada escalón parecía hundirse bajo el peso.

El túnel conducía a una cámara subterránea antigua construida con ladrillos viejos. Había cadenas oxidadas en las paredes.

Y ropa.

Mucha ropa.

Zapatos infantiles.

Valijas.

Objetos personales cubiertos de barro.

Entonces Mauro iluminó el fondo del lugar.

Y vio los huesos.

Docenas.

Tal vez más.

Apilados.

Humanos.

La policía llegó horas después.

La investigación reveló algo espantoso.

Durante la dictadura militar argentina, el edificio había sido utilizado clandestinamente como centro ilegal de detención temporal antes de trasladar prisioneros hacia otros lugares.

Nunca fue registrado oficialmente.

Nunca.

Los vecinos más viejos admitieron después que durante los años setenta escuchaban gritos de noche provenientes del taller, pero nadie preguntaba nada por miedo.

Las excavaciones encontraron restos humanos de al menos diecisiete personas.

Nunca lograron identificarlos a todos.

El taller cerró definitivamente semanas después.

Pero los obreros encargados de demoler el edificio abandonaron el trabajo tras apenas dos días.

Uno de ellos aseguró haber escuchado golpes debajo de las máquinas excavadoras.

Otro dijo haber visto personas paradas dentro del edificio vacío observándolos desde el sótano.

La demolición jamás terminó.

Actualmente la estructura sigue abandonada.

Oxidándose cerca del puerto.

Y quienes pasan de madrugada por la calle aseguran escuchar algo debajo del piso.

Tres golpes.

Pausa.

Tres más.

Como si alguien todavía estuviera esperando salir.


¿Creés que algunos lugares pueden conservar el horror de lo que ocurrió allí?

Muchos edificios antiguos esconden historias reales enterradas bajo concreto y silencio. Si conocés relatos sobre túneles, talleres, hospitales o construcciones con pasados oscuros, compartilos en los comentarios. Algunas paredes… recuerdan demasiado.




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