Hay una cara de la ciencia que los libros de texto escolares no muestran. Una cara incómoda, oscura y profundamente perturbadora que sin embargo es parte inseparable de la historia del conocimiento humano y que, ignorarla o suavizarla, no solo es deshonesto sino también peligroso. Porque los peores capítulos de la experimentación científica con seres humanos no ocurrieron en la oscuridad medieval ni en civilizaciones remotas y primitivas. Ocurrieron en el siglo XX. Ocurrieron en países con constituciones, con universidades prestigiosas, con premios Nobel y con declaraciones de derechos humanos enmarcadas en las paredes de sus instituciones. Ocurrieron con la participación activa de médicos, psicólogos y científicos que en muchos casos eran brillantes en su campo y que de alguna manera encontraron la manera de separar su inteligencia profesional de su humanidad básica.
Esta es la historia de algunos de esos experimentos. No se cuenta para escandalizar sino para recordar, porque recordar es la única vacuna efectiva contra la repetición. Y porque entender cómo seres humanos normales, educados y en muchos casos bien intencionados llegaron a hacer estas cosas dice algo importante y necesario sobre la naturaleza humana que ninguna otra fuente de conocimiento puede decir de la misma manera.
Advertencia genuina antes de continuar: algunos de los contenidos que siguen son perturbadores. Se presentan con respeto hacia las víctimas y con el único propósito de preservar una memoria histórica que merece ser conocida.
El Estudio Tuskegee: cuarenta años mintiendo a hombres enfermos
En 1932, el Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos inició en Macon County, Alabama, un estudio sobre la sífilis no tratada en hombres afroamericanos. El experimento, conocido como el Estudio Tuskegee, fue diseñado para observar la progresión natural de la enfermedad sin intervención médica. Para eso, los investigadores reclutaron a 399 hombres afroamericanos con sífilis y a 201 sin ella como grupo de control, todos ellos campesinos pobres del sur de Estados Unidos con acceso mínimo a educación y prácticamente ningún conocimiento de sus derechos.
Lo que convierte a Tuskegee de un estudio éticamente cuestionable en un crimen sostenido durante décadas es lo que ocurrió después. En 1947, la penicilina fue establecida como el tratamiento estándar y efectivo para la sífilis. Era un antibiótico barato, disponible y con una tasa de curación extraordinariamente alta. Los investigadores del estudio Tuskegee lo sabían. Y deliberadamente no se lo dieron a los participantes. No solo no se los dieron sino que activamente trabajaron para asegurarse de que los participantes no recibieran tratamiento de ninguna otra fuente, contactando a médicos locales para que no trataran a estos hombres si se presentaban en sus consultorios.
El estudio continuó así durante cuarenta años. Cuarenta años de hombres enfermos a quienes se les dijo que estaban recibiendo tratamiento cuando en realidad recibían placebos y análisis de sangre periódicos. Cuarenta años de sífilis progresando sin tratamiento, causando daño cardiovascular, neurológico y finalmente la muerte. Cuando el estudio fue finalmente expuesto por un periodista y detenido en 1972, veintiocho participantes habían muerto directamente de sífilis, cien habían muerto de complicaciones relacionadas, cuarenta esposas habían sido infectadas y diecinueve hijos habían nacido con sífilis congénita.
El gobierno de los Estados Unidos no se disculpó formalmente hasta 1997, cuando el presidente Bill Clinton pidió perdón en una ceremonia a la que asistieron ocho de los sobrevivientes que todavía vivían. Las consecuencias del estudio Tuskegee en la desconfianza de la comunidad afroamericana hacia el sistema médico estadounidense son documentables, medibles y persistentes hasta el día de hoy. Décadas después, investigadores encontraron correlaciones estadísticamente significativas entre la proximidad geográfica al condado de Macon y la menor disposición de hombres afroamericanos a interactuar con el sistema de salud y a participar en ensayos clínicos.
El experimento de la cárcel de Stanford y lo que reveló sobre la naturaleza humana
En agosto de 1971, el psicólogo Philip Zimbardo de la Universidad de Stanford montó en el sótano del departamento de psicología una prisión simulada y reclutó veinticuatro estudiantes universitarios voluntarios, todos hombres, todos psicológicamente estables según evaluaciones previas, todos sin antecedentes de problemas legales o psicológicos. Los dividió aleatoriamente en dos grupos: doce serían guardias y doce serían prisioneros. El estudio estaba planificado para durar dos semanas.
Duró seis días. Tuvo que ser detenido antes porque lo que ocurrió superó en velocidad y en intensidad cualquier cosa que los investigadores hubieran anticipado. Los estudiantes asignados como guardias comenzaron a asumir sus roles con una agresividad y una crueldad que nadie había previsto. En cuestión de horas, no de días, habían desarrollado sistemas de humillación, privación de sueño, degradación psicológica y ejercicio arbitrario del poder sobre los prisioneros que se fueron intensificando de manera progresiva. Apagaban las luces a medianoche y hacían levantarse a los prisioneros para recuentos a las dos y las tres de la mañana. Les negaban el acceso al baño como castigo. Los hacían limpiar los inodoros con las manos. Les ponían bolsas en la cabeza para transportarlos. Inventaron castigos cada vez más elaborados y humillantes.
Los prisioneros, por su parte, comenzaron a mostrar señales genuinas de descompensación psicológica. Cinco tuvieron que ser retirados del estudio antes de que terminara por síntomas de quiebre emocional agudo: llanto incontrolable, rabia, depresión profunda. Uno desarrolló un sarpullido psicosomático en todo el cuerpo. Y lo más revelador de todo: los demás prisioneros, cuando uno de sus compañeros manifestaba síntomas severos de sufrimiento, en lugar de solidarizarse con él tendían a despreciarlo por ser débil y a distanciarse de él para no perder sus propios privilegios relativos dentro del sistema.
Zimbardo mismo, que había asumido el rol de superintendente de la prisión, admitió años después que se involucró tanto en el rol que dejó de ver el experimento como algo que debía detenerse y empezó a verlo como una institución que debía administrar. Fue su ex novia, la psicóloga Christina Maslach, quien visitó el sótano el quinto día, quedó horrorizada por lo que vio y le dijo a Zimbardo que lo que estaba haciendo era monstruoso. Al día siguiente, el experimento fue detenido.
Las conclusiones del Experimento de Stanford sobre la facilidad con que personas normales asumen roles autoritarios y sobre el poder de las situaciones institucionales para transformar el comportamiento humano se convirtieron en uno de los hallazgos más citados y más debatidos de la psicología social del siglo XX. También se convirtieron en uno de los más cuestionados metodológicamente, con críticos señalando que Zimbardo y sus asistentes instruyeron activamente a los guardias para que fueran más duros, lo que significa que el experimento no demostró que las personas naturalmente se vuelven crueles en posiciones de poder sino que lo hacen cuando se les indica que deben hacerlo. El debate sobre qué demostró exactamente y qué no sigue abierto. Lo que no está en debate es que lo que ocurrió en ese sótano fue real y fue perturbador.
Los experimentos de sueño soviéticos y la historia que puede ser leyenda o puede ser algo peor
No todos los experimentos perturbadores de la historia tienen documentación oficial completa y verificable. Algunos viven en ese territorio incómodo entre el registro histórico confirmado y la leyenda urbana sofisticada, donde la ausencia de documentación puede significar que nunca ocurrió o puede significar que ocurrió y fue clasificado con tanta eficacia que la documentación simplemente no existe en el dominio público.
El llamado Experimento del Gas del Sueño Soviético es uno de esos casos. La historia, que circula en múltiples versiones desde los años noventa y que algunos investigadores de la Guerra Fría consideran plausible aunque no verificada, describe un experimento realizado en la Unión Soviética en los años cuarenta donde varios prisioneros fueron encerrados en una cámara sellada y expuestos a un gas experimental que supuestamente podía mantener a las personas despiertas indefinidamente. Según la versión más extendida, después de varios días de privación de sueño forzada las personas en la cámara comenzaron a mostrar signos de deterioro mental y físico progresivo y extremadamente perturbador.
La razón por la que esta historia persiste a pesar de la falta de documentación verificable es que es consistente con lo que se sabe documentalmente sobre los programas de experimentación soviéticos de esa época, que eran reales, extensos y operaban con una indiferencia hacia el bienestar de los sujetos que hacía posibles cosas que en otros contextos habrían sido inconcebibles. La ausencia de prueba, en el contexto de los archivos soviéticos que todavía permanecen clasificados décadas después del fin de la Guerra Fría, no es prueba de ausencia.
Lo que sí está documentado sin ninguna ambigüedad es que la privación de sueño extrema como método de interrogatorio y tortura fue utilizada sistemáticamente por múltiples Estados durante el siglo XX y sigue siendo utilizada en el siglo XXI. Sus efectos sobre la mente humana, que incluyen alucinaciones, desintegración de la personalidad, dolor físico genuino y en casos extremos daño neurológico permanente, están científicamente establecidos. Que alguien haya querido convertir ese proceso en un arma o en un objeto de estudio formal no requiere demasiada imaginación dado el historial documentado de lo que los Estados son capaces de hacer cuando deciden que ciertos seres humanos son prescindibles.
El Proyecto MKUltra: cuando la CIA usó ciudadanos como cobayas
Si hay un experimento en esta lista que combina la verificación documental más sólida con el contenido más cinematográficamente increíble, es el Proyecto MKUltra. No es una teoría conspirativa. Es historia documentada, confirmada por documentos desclasificados de la propia CIA obtenidos a través de solicitudes de acceso a la información en los años setenta, y por audiencias del Congreso de los Estados Unidos que en 1977 sacaron a la luz pública la magnitud de lo que había ocurrido.
MKUltra fue un programa de la CIA que operó desde principios de los años cincuenta hasta al menos 1973, aunque algunos investigadores creen que continuó de maneras menos formales más allá de esa fecha. Su objetivo era el control mental. Específicamente, desarrollar técnicas que pudieran ser usadas para manipular, incapacitar o extraer información de personas, con potenciales aplicaciones en la Guerra Fría contra agentes y operativos soviéticos.
El programa financió y supervisó experimentos en más de ciento cincuenta instituciones diferentes, incluyendo universidades prestigiosas, hospitales, prisiones y clínicas psiquiátricas en Estados Unidos y Canadá. Los sujetos de experimentación frecuentemente no sabían que eran parte de un experimento. Frecuentemente no habían dado ningún consentimiento. Y frecuentemente eran personas en situaciones vulnerables, pacientes psiquiátricos, prisioneros, personas sin hogar, que tenían poco poder para negarse o incluso para entender qué les estaba ocurriendo.
Las técnicas experimentadas dentro de MKUltra incluían la administración de LSD sin conocimiento ni consentimiento de los sujetos, a veces en dosis masivas y repetidas durante días o semanas. Hipnosis forzada. Privación sensorial prolongada. Abuso físico y psicológico sistemático diseñado para inducir regresión y dependencia. Electrochoque en dosis que iban mucho más allá de las terapéuticas para intentar borrar memorias o reprogramar personalidades. El doctor Ewen Cameron, un psiquiatra canadiense que fue presidente de la Asociación Americana de Psiquiatría y de la Asociación Mundial de Psiquiatría, fue uno de los experimentadores más activos del programa y sometió a pacientes de su clínica en Montreal a procedimientos que sus víctimas describieron décadas después como una destrucción deliberada de su identidad.
En 1973, el director de la CIA Richard Helms ordenó destruir la mayor parte de los archivos de MKUltra. La razón oficial fue cumplimiento de políticas de gestión de documentos. La razón real era evidente para cualquiera que prestara atención. Cuando dos años después las solicitudes de información bajo la Freedom of Information Act comenzaron a recuperar los archivos que habían sobrevivido por error a la destrucción ordenada, lo que apareció fue suficiente para generar una de las audiencias del Congreso más impactantes de la segunda mitad del siglo XX.
El experimento de Milgram y la obediencia que aterra
En 1961, el psicólogo Stanley Milgram de Yale diseñó un experimento para estudiar la obediencia a la autoridad. Lo que encontró fue tan perturbador que al principio muchos colegas se negaron a creerlo y cuestionaron su metodología precisamente porque preferían que los resultados no fueran verdaderos.
El experimento funcionaba así: un voluntario llegaba al laboratorio creyendo que participaba en un estudio sobre el aprendizaje. Le decían que sería el maestro y que un sujeto en otra habitación, conectado a electrodos, sería el alumno. Cuando el alumno cometía un error en una tarea de memoria, el maestro debía administrarle un choque eléctrico. Con cada error, la intensidad del choque aumentaba, marcada en un panel que iba desde 15 voltios con la etiqueta choque leve hasta 450 voltios con la etiqueta peligro, choque severo. El alumno en realidad era un actor y no recibía ningún choque real. Pero el maestro no lo sabía.
A medida que los choques supuestamente aumentaban de intensidad, el actor en la otra habitación emitía sonidos de dolor, protestas, gritos, y finalmente silencio total que podía interpretarse como inconsciencia o algo peor. Cuando el maestro dudaba o quería detenerse, el experimentador con bata blanca en la misma habitación le decía con calma: por favor, continúe. El experimento requiere que continúe. Es absolutamente esencial que continúe.
Antes de realizar el experimento, Milgram encuestó a psiquiatras y a personas comunes sobre hasta qué punto creían que los voluntarios obedecerían. La predicción promedio fue que quizás uno de cada cien llegaría al máximo nivel de choque y solo bajo presión extrema. La realidad fue que aproximadamente el sesenta y cinco por ciento de los participantes llegó al máximo nivel de 450 voltios, el nivel marcado como peligrosamente severo, simplemente porque una figura de autoridad con bata blanca les decía que debían continuar. El sesenta y cinco por ciento. No una minoría patológica. No personas con problemas psicológicos identificables. Personas normales, reclutadas de la comunidad general, que administraron lo que creían eran choques potencialmente letales a un extraño porque alguien con autoridad les dijo que era necesario para la ciencia.
El experimento de Milgram fue replicado en docenas de países y culturas diferentes con resultados consistentemente similares. Fue diseñado en parte como una respuesta a la pregunta que el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén había puesto en primer plano: ¿cómo fue posible que personas normales participaran en el Holocausto? La respuesta que el experimento sugirió fue incómoda en su simplicidad: la obediencia a la autoridad es un impulso humano tan poderoso que bajo las condiciones correctas puede llevar a personas perfectamente normales a hacer cosas que en ningún otro contexto considerarían posibles en sí mismas.
Lo que estos experimentos dicen sobre nosotros
La tentación fácil al terminar de leer sobre estos experimentos es distanciarse de ellos, clasificarlos como productos de otra época, de otra mentalidad, de personas que de alguna manera eran fundamentalmente diferentes a nosotros. Esa tentación debe resistirse. No porque sea falsa en todos sus detalles sino porque es cómoda de maneras que resultan peligrosas.
Los médicos de Tuskegee eran profesionales respetados con familias y vecinos y vidas normales. Los estudiantes del experimento de Stanford eran jóvenes educados de una de las mejores universidades del mundo. Los sujetos del experimento de Milgram eran personas comunes reclutadas de la comunidad general. Y el sesenta y cinco por ciento de esas personas comunes apretó el botón de 450 voltios porque alguien con bata blanca le dijo que era necesario.
La historia de la experimentación científica sin ética no es la historia de monstruos. Es la historia de mecanismos psicológicos y sociales que existen en todos los seres humanos, la obediencia a la autoridad, la deshumanización del otro, la compartimentalización moral, el poder de las instituciones para redefinir lo que parece normal, que bajo ciertas condiciones pueden llevar a personas ordinarias a participar en cosas extraordinariamente crueles.
Conocer esos mecanismos, reconocerlos, entender cómo funcionan, es la única defensa genuina que tenemos contra ellos. Y por eso esta historia, por perturbadora que sea, merece ser contada, recordada y enseñada con la misma seriedad con que enseñamos cualquier otra lección que la humanidad pagó con un precio demasiado alto para permitirse olvidar.

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